Emanuel Swedenborg – la previa a su lectura


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Como me ocurre todo el tiempo, un libro lleva a otro libro que lleva a otro libro que lleva a conocer vivencias.

Hace mucho que por Jorge Luis Borges leí a Emanuel Swedenborg en su ‘Arquitectura del Cielo’. Y me fascinó su simpleza y claridad de escritura. Como todo es perfecto asi como es, hoy me llegó la referencia a ‘Arcana Coelestia’ , asi que en la previa de la lectura de ése y otro libro más (‘Del Cielo y del Infierno’), me resumo la conferencia del mismo J.L. Borges.

Voltaire dijo que el hombre más extraordinario que registra la ‎historia fue Carlos ‎XII. Yo diría: quizá el hombre más ‎extraordinario -si es que admitimos esos ‎superlativos- fue el más ‎misterioso de los súbditos de Carlos XII, Emanuel ‎Swedenborg. ‎Quiero decir algunas palabras sobre él, y Juego voy a hablar de su ‎‎doctrina, que es lo más importante para nosotros. Emanuel ‎Swedenborg nació en ‎Estocolmo en el año 1688, y murió en ‎Londres en 1772.Una larga vida, más larga ‎si pensamos en las ‎breves vidas de entonces. Casi pudo haber cumplido cien años. ‎Su ‎vida se divide en tres períodos. Esos períodos son de intensa ‎actividad. Cada ‎uno de esos períodos dura se ha computado ‎veintiocho años. Tenemos al ‎principio a un hombre dedicado al ‎estudio. El padre de este Swedenborg era un ‎obispo luterano, y ‎Swedenborg fue educado en el luteranismo, cuya base angular, ‎‎según se sabe, es la salvación por la gracia, de la cual descree ‎Swedenborg.‎

En su sistema, en la nueva religión que él predicó, se habla de la ‎salvación por las ‎obras, aunque esas obras no son, por cierto, misas ‎ni ceremonias: son obras ‎verdaderas, obras en las cuales entra todo ‎el hombre, es decir su espíritu y, lo que ‎es más curioso aún, ‎también su inteligencia.‎ Pues bien, este Swedenborg empieza como sacerdote y luego se ‎interesa por las ‎ciencias. Le interesan, sobre todo, de un modo ‎práctico. ‎

Luego se ha descubierto que él se adelantó a muchas invenciones ‎ulteriores. Por ‎ejemplo, la hipótesis nebular de Kant y de Laplace. ‎Luego, como Leonardo Da ‎Vinci, Swedenborg diseñó un vehículo ‎para andar por el aire.

El sabía que era ‎inútil, pero veía el punto de ‎partida posible para lo que nosotros llamamos ‎actualmente ‎aviones. También diseñó vehículos para andar bajo el agua, como ‎‎había previsto Francis Bacon. Luego le interesó -hecho también ‎singular- la ‎mineralogía. Fue asesor de negocios de minas en ‎Estocolmo, le interesó también ‎la anatomía. Y, como a Descartes, ‎le interesó el lugar preciso donde el espíritu se ‎comunica con el ‎cuerpo.‎
Emerson dice: Lamento decir que nos ha dejado cincuenta volúmenes. ‎Cincuenta ‎volúmenes de los cuales veinticinco, por lo menos, están ‎dedicados a la ciencia, a ‎la matemática, a la astronomía. Rehusó ‎ocupar la cátedra de Astronomía en la ‎Universidad de Upsala ‎porque se negaba a todo lo que fuera teórico. Era un ‎hombre ‎práctico. Fue ingeniero militar de Carlos XII, que lo honró. Se ‎trataron ‎mucho los dos: el héroe y el futuro visionario. ‎Swedenborg ideó una máquina ‎para trasladar navíos por tierra, en ‎una de esas guerras casi míticas de Carlos XII ‎sobre las cuales ha ‎escrito tan hermosamente Voltaire. Transportaron los barcos ‎de ‎guerra a lo largo de veinte millas. ‎

Más tarde se trasladó a Londres, donde estudió las artes del ‎carpintero, del ‎ebanista, del tipógrafo, del fabricante de ‎instrumentos. También dibujó mapas ‎para los globos terráqueos. ‎Es decir que fue un hombre eminentemente práctico. ‎Y recuerdo ‎una frase de Emerson; dice que ningún hombre llevó una vida más ‎‎real que Swedenborg. Es necesario que sepamos esto, que unamos ‎toda esa obra ‎científica y práctica de él. Fue un político, además; ‎fue senador del reino. A los 55 ‎años ya había publicado unos ‎veinticinco volúmenes sobre mineralogía, anatomía ‎y geometría.‎
Ocurrió entonces el hecho capital de su vida. ‎ El hecho capital de su vida fue una revelación.‎

Recibió esa revelación en Londres, precedida por sueños, que están ‎registrados ‎en su diario., No se han publicado, pero sabemos que ‎fueron sueños eróticos. Y ‎después vino la visitación, que algunos ‎han considerado un acceso de locura. ‎Pero eso está negado por la ‎lucidez de su obra, por el hecho de que en ningún ‎momento nos ‎sentimos ante un loco.‎

Escribe siempre con gran claridad., cuando expone su doctrina. En ‎Londres, un ‎desconocido que lo había seguido por la calle entró a ‎su casa y le dijo que era ‎Jesús, que la Iglesia estaba decayendo ‎como la iglesia judía cuando surgió ‎Jesucristo, Y que él tenía el ‎deber de renovar la Iglesia creando una tercera iglesia, ‎la de ‎Jerusalén.‎


Todo esto parece absurdo, increíble, pero tenemos la obra de ‎Swedenborg. Y esa ‎obra es muy vasta, escrita en un estilo muy ‎tranquilo. El no razona en ningún ‎momento. Podemos recordar ‎aquella frase de Emerson, que dice: Los ‎argumentos no convencen a ‎nadie. Swedenborg expone todo con autoridad, con ‎tranquila ‎autoridad. Pues bien, Jesús le dijo que le encomendaba la misión de ‎‎renovar la Iglesia y que le sería permitido visitar el otro mundo, el ‎mundo de los ‎espíritus, con sus innumerables cielos e infiernos. ‎Que tenía el deber de estudiar ‎la escritura sagrada. Antes de ‎escribir nada, le dedicó dos años al estudio de la ‎lengua hebrea, ‎porque quería leer los textos originales. Volvió a estudiar los ‎‎textos, y creyó encontrar en ellos el fundamento de su doctrina un ‎poco a la ‎manera de los cabalistas, que encuentran razones a lo que ‎buscan en el texto ‎sagrado.‎
Veamos, ante todo, su visión del otro mundo, su visión de la ‎inmortalidad ‎personal, en la cual creyó, y veremos que todo ello ‎está basado en el libre albedrío. ‎En la Divina Comedia de Dante esa ‎obra tan hermosa literariamente el libre ‎albedrío cesa en el ‎momento de la muerte. Los muertos son condenados por un ‎‎tribunal y merecen el cielo o el infierno. En cambio, en la obra de ‎Swedenborg ‎nada de eso ocurre. Nos dice que cuando un hombre ‎muere no se da cuenta de ‎que ha muerto, ya que todo lo que lo ‎rodea es igual. Se encuentra en su casa, lo ‎visitan sus amigos, ‎recorre las calles de su ciudad, no piensa que ha muerto; pero ‎luego ‎empieza a notar algo. Empieza a notar algo que al principio lo ‎alegra y que ‎lo alarma después: todo, en el otro mundo, es más ‎vívido que en éste.‎


Nosotros siempre pensamos en el otro mundo de un modo ‎nebuloso, pero ‎Swedenborg nos dice que ocurre todo lo contrario, ‎que las sensaciones son ‎mucho más vívidas en el otro mundo. Por ‎ejemplo, hay más colores. Y si ‎pensamos que en el cielo de ‎Swedenborg, los ángeles, de cualquier modo que ‎estén, están ‎siempre de cara al Señor, podemos pensar también en una suerte de ‎‎cuarta dimensión. En todo caso, Swedenborg nos repite que el otro ‎mundo es ‎mucho más vívido que éste. Hay más colores, hay más ‎formas. Todo es más ‎concreto, todo es más tangible que en este ‎mundo. Tanto es así -dice él- que este ‎mundo, comparado con el ‎mundo que yo he visto en mis innumerables andanzas ‎por los ‎cielos y los infiernos, es como una sombra. Es como si nosotros ‎‎viviéramos en la sombra. Aquí recuerdo una sentencia de San ‎Agustín. En la ‎Civitas Dei, San Agustín dice que sin duda el goce ‎sensual era más fuerte que en ‎el Paraíso que aquí, porque no puede ‎suponerse que la caída haya mejorado nada. ‎Y Swedenborg dice lo ‎mismo. El habla de los goces carnales en los cielos y los ‎infiernos ‎del otro mundo y dice que son mucho más vívidos que los de aquí.‎


‎¿Qué sucede cuando un hombre muere? Al principio no se da ‎cuenta de que ha ‎muerto. Prosigue con sus ocupaciones habituales, ‎lo visitan sus amigos, conversa ‎con ellos. Y luego, poco a poco, los ‎hombres ven con alarma que todo es más ‎vívido, que hay más ‎colores. El hombre piensa: Yo he vivido todo el tiempo en la ‎sombra, y ‎ahora vivo en la luz. Y eso puede alegrarlo un momento. ‎ Y luego se le acercan desconocidos y conversan con él. Y esos ‎desconocidos son ‎ángeles y demonios. Swedenborg dice que los ‎ángeles no han sido creados por ‎Dios, que los demonios no han ‎sido creados por Dios. Los ángeles son hombres ‎que han ascendido ‎a ser angelicales; los demonios son hombres que han ‎descendido a ‎ser demoníacos. De modo que toda la población de los cielos y de ‎‎los infiernos está hecha de hombres, y esos hombres son ahora ‎ángeles y son ‎ahora demonios.‎


Pues bien, al muerto se le acercan los ángeles. Dios no condena a ‎nadie al ‎infierno. Dios quiere que todos los hombres se salven.‎ Pero al mismo tiempo Dios ha concedido al hombre el libre ‎albedrío, el terrible ‎privilegio de condenarse al infierno, o de ‎merecer el cielo. Es decir que la ‎doctrina del libre albedrío que la ‎doctrina ortodoxa suspende después de la ‎muerte, Swedenborg la ‎mantiene hasta después de la muerte. Entonces, hay una ‎región ‎intermedia, que es la región de los espíritus. En esa región están ‎los ‎hombres, están las almas de quienes han muerto, y conversan ‎con ángeles y con ‎demonios. Entonces llega ese momento que ‎puede durar una semana, puede ‎durar un mes, puede durar muchos ‎años; no sabemos cuánto tiempo puede durar. ‎En ese momento el ‎hombre resuelve ser un demonio, o llegar a ser un demonio o ‎un ‎ángel. En uno de los casos merece el infierno. Esa región es una ‎región de ‎valles y luego de grietas. Esas grietas pueden ser ‎inferiores, que comunican con ‎los infiernos; o grietas superiores, ‎que comunican con los cielos. Y el hombre ‎busca, conversa y sigue ‎la compañía de quienes le gustan. Si tiene temperamento ‎‎demoníaco, prefiere la compañía de los demonios. Si tiene ‎temperamento ‎angelical, la compañía de los ángeles. Si ustedes ‎quieren una exposición de todo ‎esto, por cierto mucho más ‎elocuente que la mía, la encontrarán en el tercer acto ‎de Man and ‎Superman, de Bernard Shaw., Es curioso que Shaw no mencione ‎‎nunca a Swedenborg. Yo creo que él llegó a hacerla a través de su ‎propia doctrina. ‎Porque en el sistema de John l’anner está ‎mencionada la doctrina de Swedenborg ‎pero sin nombrarlo. ‎Presumo que no fue un acto de deshonestidad de Shaw sino ‎que ‎llegó a creerlo sinceramente. Presumo que Shaw llegó a las mismas ‎‎conclusiones a través de William Blake, que ensaya la doctrina de ‎la salvación que ‎predice Swedenborg. Bien, el hombre conversa con ‎ángeles, el hombre conversa ‎con demonios, y le atraen más unos ‎que otros; eso, según su temperamento. ‎Quienes se condenan al ‎infierno ya que Dios no condena a nadie se sienten ‎atraídos por los ‎demonios.

Ahora, ¿qué son los infiernos? Los infiernos, según ‎‎Swedenborg, tienen varios aspectos. El aspecto que tendrían para ‎nosotros o para ‎los ángeles. Son zonas pantanosas, zonas en las que ‎hay ciudades que parecen ‎destruidas por los incendios; pero ahí los ‎réprobos se sienten felices. Se sienten ‎felices a su modo, es decir, ‎están llenos de odio y no hay un monarca de ese reino; ‎‎continuamente están conspirando unos contra otros. Es un mundo ‎de baja ‎política, de conspiración. Eso es el infierno.

Luego tenemos ‎el cielo, que es lo ‎contra río, lo que corresponde simétricamente al ‎infierno. Según Swedenborg y ‎ésta es la parte más difícil de su ‎doctrina habría un equilibrio entre las fuerzas ‎infernales y las ‎fuerzas angelicales, necesario para que el mundo subsista. En ese ‎‎equilibrio siempre es Dios el que manda. Dios deja que los espíritus ‎infernales ‎estén en el infierno porque sólo en el infierno están ‎felices, y Swedenborg nos ‎refiere el caso de un espíritu demoníaco ‎que asciende al cielo. Aspira la fragancia ‎del cielo, oye las ‎conversaciones del cielo, y todo le parece horrible. La fragancia ‎le ‎parece fétida, la luz le parece negra. Entonces vuelve al infierno ‎porque sólo en ‎el infierno es feliz. El cielo es el mundo de los ‎ángeles. Swedenborg agrega que ‎todo el infierno tiene la forma de ‎un demonio, y el cielo la forma general de un ‎ángel. El cielo está ‎hecho de sociedades de ángeles y ahí está Dios. Y Dios está ‎‎representado por el sol. De modo que el sol corresponde a Dios y ‎los peores ‎infiernos son los infiernos occidentales y los del norte. ‎En cambio, al este y al sur ‎los infiernos son más mansos. Nadie ‎está condenado a ellos. Cada uno busca la ‎sociedad que quiere; ‎busca los compañeros que quiere, y los busca según el ‎apetito que ‎ha dominado su vida. Los que llegan al cielo tienen una noción ‎‎equivocada. Piensan que en el cielo rezarán continuamente; y les ‎permiten rezar, ‎pero al cabo de pocos días o semanas se cansan: se ‎dan cuenta de que eso no es ‎el cielo. Luego adulan a Dios; lo ‎alaban. A Dios no le gusta ser adulado y también ‎esa gente se ‎cansa de adular a Dios. Luego piensan que pueden ser felices ‎‎conversando con sus seres queridos, y al cabo de un tiempo ‎comprenden que los ‎seres queridos y los héroes ilustres pueden ser ‎tan tediosos en la otra vida como ‎en ésta. Se cansan de eso y ‎entonces entran en la verdadera obra del cielo. Y aquí ‎recuerdo un ‎verso de Tennyson; dice que el alma no desea asientos dorados, ‎‎simplemente, desea que le den el don de seguir y dé no cesar. Es ‎decir, el cielo de ‎Swedenborg es un cielo de amor y, sobre todo, un ‎cielo de trabajo, un cielo ‎altruista. Cada uno de los ángeles trabaja ‎para los otros; todos trabajan para los ‎demás. No es un cielo ‎pasivo. No es una recompensa, tampoco. Si uno tiene ‎‎temperamento angelical uno tiene ese cielo y está cómodo en él. ‎

Pero hay otra ‎diferencia que es muy importante en el cielo de ‎Swedenborg: su cielo es ‎eminentemente intelectual. Swedenborg ‎narra la historia, patética, de un hombre ‎que durante su vida se ha ‎propuesto ganar el cielo; entonces, ha renunciado a ‎todos los goces ‎sensuales. Se ha retirado a la tebaida. Ahí se ha abstraído de todo. ‎‎Ha rezado, ha pedido el cielo. Es decir, ha ido empobreciéndose. Y ‎cuando ‎muere, ¿qué ocurre? Cuando muere llega al cielo, y en el ‎cielo no saben qué hacer ‎con él. Trata de seguir las conversaciones ‎de los ángeles, pero no las entiende. ‎Trata de aprender las artes. ‎Trata de oír todo. Trata de aprender todo y no puede, ‎porque él se ‎ha empobrecido. Es, simplemente, un hombre justo y mentalmente ‎‎pobre. Y entonces le conceden como un don el poder proyectar una ‎imagen: el ‎desierto. En el desierto rezaba como rezaba en la tierra, ‎pero sin despegarse del ‎cielo, porque él sabe que se ha hecho ‎indigno del cielo mediante su penitencia, ‎porque él ha empobrecido ‎su vida, porque él se ha negado a los goces y a los ‎placeres de la ‎vida, lo cual también está mal. Esta es una innovación de ‎‎Swedenborg. Porque siempre se ha pensado que la salvación es de ‎carácter ético. ‎Se entiende que si un hombre es justo, se salva. El ‎reino de los cielos es de los ‎pobres de espíritu, etcétera. Eso lo ‎comunica Jesús.

Pero Swedenborg va más allá. ‎Dice que eso no ‎basta, que un hombre tiene que salvarse también ‎intelectualmente. ‎El se imagina el cielo, sobre todo, como una serie de ‎‎conversaciones teológicas entre los ángeles y si un hombre no ‎puede seguir esas ‎conversaciones es indigno del cielo. Así, debe ‎vivir solo.

Y luego vendrá William ‎Blake, que agrega una tercera ‎salvación. Dice que podemos que tenemos que ‎salvamos también ‎por medio del arte. Blake explica que Cristo también fue un ‎artista, ‎ya que no predicaba por medio de palabras sino de parábolas. Y las ‎‎parábolas son, desde luego, expresiones estéticas. Es decir, que la ‎salvación sería ‎por la inteligencia, por la ética y por el ejercicio del ‎arte y aquí recordamos ‎algunas de las frases en que Blake ha ‎moderado, de algún modo, las largas ‎sentencias de Swedenborg; ‎cuando dice, por ejemplo: El tonto no entrará en el ‎cielo por santo ‎que sea. o: Hay que descartar la santidad; hay que investirse de ‎‎inteligencia. De modo que tenemos esos tres mundos. Tenemos el ‎mundo del ‎espíritu y luego, al cabo de un tiempo, un hombre ha ‎merecido el cielo, un ‎hombre ha merecido el infierno.

El infierno ‎está regido realmente por Dios, que ‎necesita ese equilibrio. ‎Satanás es el nombre de una religión, simplemente. El ‎demonio es ‎simplemente un personaje cambiante, ya que todo el mundo del ‎‎infierno es un mundo de conspiraciones, de personas que se odian, ‎que se juntan ‎para atacar a otro. Luego Swedenborg conversa con ‎diversa gente en el paraíso, ‎con diversa gente en los infiernos. Le ‎es permitido todo eso para fundar la nueva ‎iglesia. ¿Y qué hace ‎Swedenborg? No predica; publica libros, anónimamente, ‎escritos ‎en un sobrio y árido latín. Y difunde esos libros. Así pasan los ‎últimos ‎treinta años de la vida de Swedenborg. Vive en Londres. ‎Lleva una vida muy ‎sencilla. Se alimenta de leche, pan, legumbres. ‎A veces, llega un amigo de Suecia y ‎entonces se toma unos días de ‎licencia. Cuando fue a Inglaterra, quiso conocer a ‎Newton, porque ‎le interesaba mucho la nueva astronomía, la ley de gravedad. ‎Pero ‎nunca llegó a conocerlo. Se interesó mucho por la poesía inglesa. ‎Menciona ‎en sus escritos a Shakespeare, a Milton y a otros. Los ‎elogia por su imaginación; ‎es decir, este hombre tenía sentido ‎estético. Sabemos que cuando recorría los ‎países porque viajó por ‎Suecia, Inglaterra, Alemania, Austria, Italia visitaba las ‎fábricas de ‎los barrios pobres. Le gustaba mucho la música. Era un caballero ‎de ‎aquella época.

Llegó a ser un hombre rico. Sus sirvientes vivían ‎en el piso bajo de ‎su casa, en Londres (la casa ha sido demolida ‎hace poco), y lo veían conversando ‎con los ángeles o discutiendo ‎con los demonios. En el diálogo nunca quiso ‎imponer sus ideas. ‎Desde luego, no permitía que se burlaran de sus visiones; pero ‎‎tampoco quería imponerlas: más bien trataba de desviar la ‎conversación de esos ‎temas. Hay una diferencia esencial entre ‎Swedenborg y los otros místicos. En el ‎caso de San Juan de la ‎Cruz, tenemos descripciones muy vividas del éxtasis. ‎Tenemos el ‎éxtasis referido en términos de experiencias eróticas o con ‎metáforas ‎de vino. Por ejemplo, un hombre que se encuentra con ‎Dios, y Dios es igual a sí ‎mismo, hay un sistema de metáforas. En ‎cambio, en la obra de Swedenborg no ‎hay nada de eso.

Es la obra ‎de un viajero que ha recorrido tierras desconocidas y ‎que las ‎describe tranquila y minuciosamente. Por eso su lectura no es ‎‎exactamente divertida. Es asombrosa y gradualmente divertida. Yo ‎he leído los ‎cuatro volúmenes de Swedenborg que han sido ‎traducidos al inglés y publicados ‎por la Everyman’s Library. Me ‎han dicho que hay una traducción española, una ‎selección, ‎publicada por la Editora Nacional. He visto unas estenografías de ‎él, ‎sobre toda aquella espléndida conferencia que dio Emerson. ‎Emerson dio una ‎serie de conferencias sobre, hombres ‎representativos. Puso: Napoleón o el ‎hombre de mundo; ‎Montaigne o el escéptico; Shakespeare o el poeta; Goethe o ‎el ‎hombre de letras; Swedenborg o el místico. Esa fue la primera ‎introducción ‎que yo leí a la obra de Swedenborg. Esa conferencia ‎de Emerson que es ‎memorable, finalmente no está del todo de ‎acuerdo con Swedenborg. Había algo ‎que le repugnaba: tal vez que ‎Swedenborg fuera tan minucioso, tan dogmático. ‎Porque ‎Swedenborg insiste varias veces sobre los hechos. Repite la misma ‎idea, ‎No busca analogías. Es un viajero que ha recorrido un país ‎muy extraño, Que ha ‎recorrido los innumerables infiernos y cielos ‎y que los refiere.

Ahora vamos a ver ‎otro tema de Swedenborg: la ‎doctrina de las correspondencias. Yo tengo para mí ‎que él ideó esas ‎correspondencias para encontrar su doctrina en la Biblia. El dice ‎‎que cada palabra en la Biblia tiene por lo menos dos sentidos. ‎Dante creía que ‎había cuatro sentidos para cada pasaje. Todo debe ‎ser leído e interpretado. Por ‎ejemplo, si se habla de la luz, la luz ‎para él es una metáfora, símbolo evidente de ‎la verdad. El caballo ‎significa la inteligencia, por el hecho de que el caballo nos ‎traslada ‎de un lugar a otro. El tiene todo un sistema de correspondencia. En ‎esto ‎se parece mucho a los cabalistas. Después de eso, llegó a la ‎idea de que todo en el ‎mundo está basado en correspondencias. La ‎creación es una escritura secreta, una ‎criptografía que debemos ‎interpretar. Que todas las cosas son realmente palabras, ‎salvo las ‎cosas que no podemos entender y que tornamos literalmente. ‎Recuerdo ‎aquella terrible sentencia de Carlyle, que leyó no sin ‎provecho a Swedenborg, y ‎que dice: La historia universal es una ‎escritura que tenemos que leer y que escribir ‎continuamente. Y es ‎verdad: nosotros estamos presenciando continuamente la ‎historia ‎universal y somos actores de ella y nosotros también somos letras, ‎‎también nosotros somos símbolos: Un texto divino en el cual nos ‎escriben. Yo ‎tengo en casa un diccionario de correspondencias, uno ‎puede buscar cualquier ‎palabra de la Biblia y ver cuál es el sentido ‎espiritual que Swedenborg le dio. El, ‎desde luego, creyó sobre todo ‎en la salvación por las obras. En la salvación por ‎las obras no sólo ‎del espíritu sino también de la mente. En la salvación por la ‎‎inteligencia. El cielo para él es, ante todo, un cielo de largas ‎consideraciones ‎teológicas. Los ángeles, sobretodo, conversan. ‎Pero también el cielo está lleno de ‎amor. Se admite el casamiento ‎en el cielo, Se admite todo lo que hay de sensual ‎en este mundo. El ‎no quiere negar ni empobrecer nada. Actualmente, hay una ‎iglesia ‎swedenborgiana, Creo que en algún lugar de Estados Unidos hay ‎una ‎catedral de cristal. y tiene algunos millares de discípulos en ‎Estados Unidos, en ‎Inglaterra (sobre todo en Manchester), en ‎Suecia y en Alemania. Sé que el padre ‎de William y Henry James ‎era swedenborgiano. Yo he encontrado ‎swedenborgianos en ‎Estados Unidos, donde hay una sociedad que sigue ‎publicando sus ‎libros y traduciéndolos al inglés. Es curioso que la obra de ‎‎Swedenborg, aunque se haya traducido a muchos idiomas incluso ‎al hindú y al ‎japonés no haya ejercido más influencia. No se ha ‎llegado a esa renovación que él ‎quería. Pensaba fundar una nueva ‎iglesia, que sería al cristianismo lo que la iglesia ‎protestante fue a ‎la iglesia de Roma. Descreía parcialmente de las dos. Sin ‎embargo, ‎no ejerció esa vasta influencia que debería haber ejercido.

Yo creo ‎que ‎todo eso es parte del destino escandinavo, en el cual parece que ‎todas las cosas ‎sucedieran como en un sueño y en una esfera de ‎cristal. Por ejemplo, los vikingos ‎descubren América varios siglos ‎antes de Colón y no pasa nada. El arte de la ‎novela se inventa en ‎Islandia con la saga y esa invención no cunde. Tenemos ‎figuras que ‎deberían ser mundiales la de Carlos XII, por ejemplo, pero ‎pensamos ‎en otros conquistadores que han realizado empresas ‎militares quizás inferiores a ‎la de Carlos XII. El pensamiento de ‎Swedenborg hubiera debido renovar la ‎iglesia en todas partes del ‎mundo, pero pertenece a ese destino escandinavo que ‎es como un ‎sueño. Yo sé que en la Biblioteca Nacional hay un ejemplar de Del ‎‎cielo, del infierno y sus maravillas. Pero en algunas librerías ‎teosóficas no se ‎encuentran obras de Swedenborg sin embargo, es ‎un místico mucho más ‎complejo que los otros; éstos sólo nos han ‎dicho que han experimentado el ‎éxtasis, y han tratado de ‎transmitir el éxtasis de un modo hasta literario. ‎Swedenborg es el ‎primer explorador del otro mundo, el explorador que debemos ‎‎tomar en serio.‎


En el caso de Dante, que también nos ofrece una descripción del ‎Infierno, del ‎Purgatorio y del Paraíso, entendemos que se trata de ‎una ficción literaria. No ‎podemos creer realmente que todo lo que ‎relata se refiere a una vivencia personal. ‎Además, ahí está el verso ‎que lo ata, él no pudo haber experimentado el verso. ‎En el caso de ‎Swedenborg tenemos una larga obra. Tenemos libros como La ‎‎religión cristiana en la Providencia Divina, y sobre todo ese libro ‎que yo ‎recomiendo a todos ustedes sobre el cielo y el infierno. Ese ‎libro ha sido vertido ‎al latín, al inglés, al alemán, al francés y creo ‎que también al español. Allí la ‎doctrina está contada con una gran ‎lucidez. Es absurdo pensar que la escribió un ‎loco. Un loco no ‎hubiera podido escribir con esa claridad.

Además, la vida de ‎‎Swedenborg cambió en el sentido de que él dejó todos sus libros ‎científicos. El ‎pensó que los estudios científicos habían sido una ‎preparación divina para ‎encarar las otras obras. Se dedicó a visitar ‎los cielos y los infiernos, a conversar ‎con los ángeles y con Jesús, y ‎luego a referimos todo eso en una prosa serena, en ‎una prosa ante ‎todo lúcida, sin metáforas ni exageraciones.

Hay muchas ‎anécdotas ‎personales memorables, como esa que les conté del hombre que ‎quiere ‎merecer el cielo pero sólo puede merecer el desierto, porque ‎ha empobrecido su ‎vida. Swedenborg nos invita a todos a salvarnos ‎mediante una vida más rica. A ‎salvarnos mediante la justicia, ‎mediante la virtud y mediante la inteligencia ‎también y luego ‎vendrá Blake, que agrega que el hombre también debe ser un ‎‎artista para salvarse. Es decir una triple salvación: tenemos que ‎salvarnos por la ‎bondad, por la justicia, por la inteligencia ‎abstracta; y luego por el ejercicio del ‎arte.‎”

9 de junio de 1978
Extraído de Borges oral (1979) en Jorge Luis Borges, Obras completas, IV, Buenos Aires, Emecé, 1996.
 Emanuel Swedenborg, en Jorge Luis Borges, Borges oral, Barcelona, Bruguera, 1980.